Jesús no quita el dedo del renglón: la riqueza corrompe el corazón de los hombres

de Enrique Díaz Díaz.
Obispo Coadjutor de San Cristóbal de las Casas.
CEM.

Audio:

Ezequiel 28, 1-10: “Eres hombre y no Dios, y te crees tan sabio como Dios”, Deuteronomio 32: “El Señor da la muerte y la vida”, San Mateo 19, 23-30: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los cielos”

Hay palabras de Jesús que de tanto oírlas y citarlas les hemos quitado su sentido y toda la fuerza que tenían. Una de ellas es la declaración que hace sobre la riqueza. Si pensamos en la ideología que privaba en tiempos de Jesús donde la riqueza se miraba como bendición y la prosperidad como signo de la rectitud de una persona, todavía se hace más fuerte su declaración. De ahí la sorpresa de Pedro y los demás discípulos. Pero Jesús no quita el dedo del renglón: la riqueza corrompe el corazón de los hombres. Ya en sus tiempos las desigualdades eran insultantes, pero ahora en nuestros tiempos existe esta gravísima desproporción entre los que nada tienen y a los que todo les sobra. Sí, unos cuantos poseen la mayor parte de los bienes y muchísimos padecen necesidad. El Papa ha denunciado esta inequidad y nos asegura que mientras exista no podrá haber verdadera paz.

Que el corazón del hombre se endurece con la ambición y la tentación del poder puede seducirnos a todos. A algunos esto les parece natural y se escandalizan cuando se insiste en la necesidad de una mejor distribución y en la hipoteca social que tienen los bienes terrenales. Nadie tiene derecho a tener de más, mientras su hermano sufre necesidad. Pero los bienes producen endurecimiento del corazón y nos hacen insensibles ante las necesidades. Nos excusamos arguyendo la negligencia o el descuido de los demás que provocan sus propias carencias. Sin embargo Cristo sigue insistiendo: la riqueza corrompe el corazón. Y necesitamos estar atentos ante este grave peligro para quienes se deciden a seguir a Jesús.

Los mismos apóstoles parecería que están buscando su provecho, como puede sucedernos ahora también a nosotros: buscar a Cristo con la finalidad de beneficiarnos personalmente, económicamente. Jesús supo hacer vida esta consigna que propone a los apóstoles y a todo discípulo: vivió pobre, entre los pobres y supo ser feliz. ¿Qué nos dice hoy Jesús sobre nuestra forma de vivir, nuestros anhelos y nuestras ambiciones? ¿Dónde ponemos nuestro corazón?

Escribe tus comentarios