Santos Mexicanos: San Justino Orona Madrigal

Según la Arquidiócesis de Puebla:

San Justino Orona MadrigalNació en Atoyac, Jalisco, el 14 de abril de 1877. Hijo natural, durante su infancia, la pobreza y la adversidad templaron su carácter. Con muchas dificultades pudo cursar la formación eclesiástica en el seminario conciliar de Guadalajara.

Recibió el orden del presbiterado el 7 de agosto de 1904. Responsable y diligente, fue oficial de la curia diocesana algunos años. Muy apostólico, desempeñó el oficio de párroco con celo y grandes frutos.

En 1916 llegó al que sería su último destino, Cuquío, Jalisco. Tres años después fundó en ese lugar una congregación religiosa, Clarisas del Sagrado Corazón de Jesús, a quienes preparó personalmente para servir a los desvalidos.

Al desatarse la persecución religiosa, durante la segunda mitad de 1926, se negó a abandonar su territorio parroquial, viviendo desde entonces a salto de mata, sorteando toda suerte de dificultades. De entonces data la siguiente confidencia: El camino que lleva a la patria hay que seguirlo con alegría, sirviendo a Dios en la tierra y viendo por el bien de los hombres. Los que siguen el camino del dolor con fidelidad, pueden subir al Cielo con gozo. En junio de 1928 se entrevistó con su vicario Atilano Cruz en una aldea de su circunscripción, Las Cruces. Elaboraban juntos una estrategia pastoral para atender a los fieles en tan penosas circunstancias.

Una indiscreción involuntaria reveló al presidente municipal de Cuquío, José Ayala, el paradero de los clérigos; con ese dato, exigió al jefe militar acreditado en ese lugar, una partida de soldados para capturar a los sacerdotes. La madrugada del 1º de julio de 1928, una escolta, al mando del coronel José Heredia Aceves y de un capitán apellidado Vega, acompañados por José Ayala y Gregorio González Gallo, sitiaron la morada de la familia Jiménez Loza y azotaron la puerta de la habitación donde pernoctaban los presbíteros Orona y Cruz, al igual que un hermano del párroco, llamado José María. La víspera de su martirio, alguien preguntó al párroco si temía a los agentes del gobierno. Su respuesta fue: Cuando los tenga enfrente, con gusto les daré el saludo de ¡Viva Cristo Rey!

En efecto, el padre Justino abrió la puerta y saludó a los soldados exclamando a voz en cuello: ¡Viva Cristo Rey!, como respuesta recibió una lluvia de balas que cortó su vida. Los verdugos se introdujeron en el aposento acribillado en el acto al vicario Atilano Cruz y al señor José María Orona. Los cadáveres fueron lanzados al patio de la casa y profanados antes de ser exhibidos en la plaza de Cuquío. Sus reliquias se conservan en el templo parroquial de ese lugar.


Según la Arquidiócesis de Jalisco:

Nació en Atoyac, Jal. el 14 de abril de 1877
Murió en Las Cruces, Jal. el 01 de julio de 1928
Sus restos se encuentran en Cuquío, Jal.

Nació el 14 de abril de 1877 en un hogar sumido en la pobreza; muy pronto manifestó su inclinación por la vida clerical, pero su familia se opuso porque contaban con su mano de obra para obtener recursos, finalmente pudo ingresar al Seminario Conciliar de Guadalajara en octubre de 1894.

Las limitaciones materiales cribaron su adolescencia, carecía de recursos para adquirir los libros de texto, razón por la cual debió cursar muchas asignaturas tomando notas y usando los impresos de sus condiscípulos.

Fue ordenado sacerdote por su arzobispo, Don José de Jesús Ortiz, el 7 de agosto de 1904 y fue asignado a diferentes parroquias, hasta que el 19 de octubre de 1916, se le confió la Parroquia de Cuquío, con un especial encargo de atender la preceptoría del Seminario establecida en esa población.

Los vecinos de Cuquío se distinguían por su apatía a las prácticas religiosas y aún por sus actitudes anticlericales; lo cual, lejos de intimidar al pastor, le sirvió de estímulo. Sobrellevó con dignidad las muestras gratuitas de odio que le fueron proferidas por su condición de consagrado, inclusive murmuraciones calumniosas acerca de su vida privada.

Sus virtudes, en especial la esperanza, le permitieron afrontar la adversidad con entereza: cuantas mayores eran las trabajas, más aumentaba su ahínco para ganar adeptos a la causa de Cristo.

Quienes lo trataron afirman que su vida fue ejemplar, edificante y entregada, sin tasa ni medida; en su trato habitual era amable y bondadoso, distinguiendo con particular deferencia a los pobres.

No supo de límites en la cura de almas y durante los tiempos de persecución religiosa aprovechó al máximo la oportunidad de ejercitar su fortaleza, sufrió con heroicidad las agresiones contra su ministerio de parte de agentes del gobierno civil. Cuando la persecución arreció, don Justino se alejó de la cabecera parroquial pero sin abandonar a los suyos.

A partir de agosto de 1926 ejercitó su ministerio en aldeas, ranchos y no pocas veces a campo abierto, entre muchas limitaciones, a veces con los perseguidores pisando sus huellas. Así se mantuvo casi dos años hasta el día de su sacrificio.

En 1928 las tropas gubernamentales se posesionaron de Cuquío. El sábado 30 de junio, sin angustias ni aflicciones, el Padre Justino presintió su muerte y refiriéndose a la escasez de lluvia que inquietaba a los campesinos en Las Cruces les dijo: “No se preocupen, yo pronto iré con mi Madre Santísima y yo les mando la lluvia”.

Esa noche fue denunciado el paradero de los sacerdotes. Un nutrido contingente salió de Cuquío, capitaneado por el presidente municipal, José Ayala, el capitán Vega y Gregorio González Gallo, quienes llegaron a Las Cruces a las 02:00 horas, sitiando la vivienda donde pernoctaban los clérigos.

Los soldados, haciendo alarde de fuerza, despertaron a golpes y gritos a los ocupantes; al abrir la puerta de su aposento, el párroco alzó la voz y exclamó: “¡Viva Cristo Rey!”. En respuesta José Ayala, el capitán Vega y Gregorio González Gallo, lo tirotearon dejándolo muerto en el dintel de la puerta, la cual remataron asesinando a los indefensos presbítero Atilano Cruz y a José María Orona.

Los asesinos enfilaron a Cuquío llevando como carga los cadáveres, mismos que exhibieron en la plaza del pueblo durante cuatro o cinco horas, ya que una muchedumbre cerró filas en torno a los muertos. Algunos vecinos, desafiando el mandato, lavaron, vistieron y colocaron en ataúdes los restos de las víctimas, a fin de proceder al sepelio, el cual convocó a muchísimas personas.

Los restos mortales de Justino Orona, veneradas reliquias, descansan ahora en el templo parroquial de San Felipe, de Cuquío.

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