Sacristán y fiscal

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Sacristán y fiscal

Sacristán, conserje, campanero, guardián de la iglesia, son algunas de las funciones del sacristán en la parroquia.

a) El Sacristán es un cristiano con vocación.
El encargado de sacristía, es un cristiano que, en virtud de su Bautismo, presta un servicio a su comunidad cristiana, encargándose del mantenimiento y aumento de las cosas sagradas que se usan para el culto de Dios, y de la conservación material de la capilla o iglesia. El más que nadie puede exclamar: «Una cosa he pedido al Señor; ésa buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida, para gustar de la dulzura del Señor y cuidar de su templo santo» (Sal 27,4).

Es ante todo un creyente, que ejerce su propia fe cristiana como homenaje a Dios. Presta ese servicio a la comunidad, no porque haya sido casualidad del destino, sino porque Dios lo llamó y él respondió a las exigencias de su bautismo y confirmación. Con Jesús debe decir «Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre y llevar a cabo su obra» (Juan 4,34).

Porque cree que celebra algo importante, actúa con dignidad y respeto, sabiendo que en sus actividades realiza un acto de culto personal a Dios que se nos comunica y salva en Jesucristo. «Amo, Señor, la belleza de tu casa, el lugar donde reside tu gloria» (Sal 26,8).

b) El Sacristán es un signo de Cristo Servidor.
Es signo de Cristo, que «no vino a ser servido sino a servir» (Marcos 10,45), y de la Iglesia que es servidora. Es un laico consciente y responsable, surgido de la comunidad que trata de vivir el Evangelio y de hacer de la capilla un centro activo para difundirlo. Al estar metido también en la vida común de la gente, especialmente el casado, hace superar la separación entre fe y vida, lo espiritual y lo temporal, el evangelio y los problemas.

Siendo lo sagrado algo perteneciente y reservado a Dios, debe tratarse dignamente, sabiendo que «no somos sino siervos inútiles» (Lucas 17,10), meros administradores. Como tratamos sus cosas, así tratamos a Dios: respeto, amor, servicio, generosidad; o bien, irreverencia, orgullo, descuido. Es un honor servir a Dios, disponiendo convenientemente, con orden y prontitud, lo que se le encomienda para gloria de Dios.

No solamente celebra su fe, sino también ayuda a otros a celebrar lo mejor posible, disponiendo todo. La disposición misma de las cosas y de los espacio llega a ser un «signo sacramental» de lo que celebra y de la comunidad.

c) El Sacristán es un «ministro sagrado».
Ejercita un ministerio de apostolado con los demás, ayudándolos a celebrar mejor y a que se sientan como en su casa. Aunque su ministerio no es tan importante como el del presidente, ni tan significativo como el del lector o comentador, es un verdadero ministerio. Presta a la comunidad un servicio permanente y oficial que responde a una necesidad; y no sólo prestaciones ocasionales, supletorias, nacidas de su iniciativa. De algún modo tiene algún mandato de la Iglesia y cierta estabilidad.

No es un clérigo ni alguien que recibió una concesión, un premio o un estímulo, o que halló simplemente un trabajo; sino que es un laico comprometido que descubrió en él un don del Espíritu Santo para dar un servicio real a la comunidad. Eso supone cobrar mayor conciencia de su misión y mayor capacitación para un mejor servicio.

El testimonio de la palabra y de vida es muy importante para todo cristiano; pero sobre todo para un encargado de Sacristía. Ya que tiene la misión de preparar y disponer todo lo necesario para que Dios salve a su pueblo en la acción litúrgica y el pueblo le rinda honor en el sacrificio de alabanza que merece. Debería de pertenecer al equipo de Liturgia, para mayor coordinación.

En conclusión, el Sacristán es una persona de capital importancia para que se lleve a cabo la obra de Dios. De su manera de ser y de vivir depende que muchos se acerquen o se alejen de Dios.

d) El Sacristán no es un mero trabajador
El perfecto cumplimiento del deber santifica al hombre. Hay tres direcciones: a) Hacia Dios, porque hemos sido creados para alabanza de su gloria. b) Hacia el prójimo, dando amor, comprensión, ayuda desinteresada, como hijos de Dios: «Quien ama a Dios ame también a su hermano» (1 Juan 4,21). c) Hacia sí mismo, por el «aliento de vida» que hay en nosotros y nos hace tender a Dios y a realizar su plan.

El Sacristán trabaja de lleno en su empleo múltiple. Se ocupa en tener todo lo necesario para la celebración y en tener todo en orden en la Iglesia y en la sacristía. Pero se le encomiendan muchísimas cosas: mantener en orden y buen estado los locales y objetos, la conservación y el cuidado de las cosas, muebles, lugares, su limpieza y su justo trato: tener a punto los libros, las vestiduras sagradas, la iluminación y el sonido, los toques de campana, la colecta, el cambio de flores, el adorno del templo, abrir y cerrar puertas, controlar monaguillos, etc. No lo hace por paga, aunque reciba algún estímulo.

Pueden realizarse mejor estas actividades si no es una sola persona, sino un equipo.

Diócesis de San Juan de los Lagos