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Una conciencia bien formada es la que ilumina al hombre sobre lo bueno y lo malo

La conciencia contribuye a formar el mosaico armonizado que es el hombre maduro. Si la madurez humana se manifiesta en la capacidad para tomar decisiones prudentes, en la rectitud en el modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres, en la estabilidad de espíritu y en la autenticidad de vida, la luz sobre la cual todos estos actos se proyectan es una conciencia bien formada, pues es ella la que ilumina al hombre sobre lo bueno y lo malo.

1. La conciencia recta

La conciencia moral a la cual nos referimos aquí es la capacidad de percibir el bien y el mal y de inclinar nuestra voluntad a hacer el bien y a evitar el mal. La conciencia moral se expresa a través del juicio «bonum facendum, malum vitandum». El hombre no sólo tiene el derecho, sino el deber de seguir el dictamen de su conciencia. Una persona es madura cuando se comporta según el juicio de la recta conciencia. La conciencia se dice recta si el juicio que formula es conforme con la ley o moral objetiva. Es decir, cuando la conciencia sabe distinguir el bien del mal.

La ley con la que la recta conciencia tiene que conformarse es la ley objetiva natural y la ley sobrenatural. La ley natural es aquella que todo hombre encuentra escrita en su corazón. Por ejemplo, el precepto que dice: «Hay que decir siempre la verdad». Por otra parte, existe una ley revelada y sobrenatural como: «Bienaventurados los pobres y humildes de corazón, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 1-8). Si tomamos el ejemplo de un católico que se pregunta si está bien trabajar los domingos como en cualquier otro día, estamos ante una aplicación concreta de la ley cristiana. En cambio, si tomamos el ejemplo de un estudiante que se pregunta si está bien copiar el trabajo del otro en un examen, estamos ante una aplicación real de la ley natural. El hombre restaurado por Cristo tiene una oportunidad grande para integrar y armonizar la ley natural y la ley revelada en su vida.

Entonces, cuando decimos recta conciencia nos referimos a la conciencia que emite juicios que están de acuerdo con la ley. Por eso, en la formación de la conciencia lo que se busca es la conformidad con la ley, de forma que lo que la conciencia personal juzgue como bueno o malo, sea lo mismo que dice la ley, como dos relojes sincronizados. Cuando existe desacuerdo entre los juicios de la conciencia y la verdad objetiva se origina una deformación de la conciencia.

El cristianismo, vivido como una relación amorosa con la persona de Jesucristo, lleva a la interio-rización de la ley. Esto ocurre de tal manera que ya no se trata de una norma extrínseca sino de algo connatural, como instintivo. Entonces la persona puede llegar a decir «mi alimento es hacer la voluntad del que me envió» (Jn 4, 34). Se trata de la armonía perfecta entre ley y conciencia. Ya no se trata de dos relojes sincronizados sino de uno solo. Dios mismo habita en la persona y actúa como causa y fin de sus acciones. Aquí la conciencia ya no es una voz que coarta a la persona, sino una fuente de fuego y dinamismo que lleva a vivir unido a Dios y cumplir sus mandamientos con perfección.

Pero una vez adquirida la recta conciencia es necesario afinarla, como las cuerdas de un violín, para que no se afloje. Se le ha de sacar brillo, siempre con el ejercicio continuo, para que el tiempo no la cubra de polvo.

Una conciencia recta puede mermar como puede progresar y perfeccionarse. En ese sentido el estado de la conciencia en un momento dado puede ser una muestra de la madurez moral y la coherencia de vida de la persona. Por eso, resulta importante saber cuáles son las principales desviaciones de la conciencia y los medios prácticos para llevar a cabo un trabajo de superación.

2. Deformaciones de la conciencia

Hay muchos factores en juego cuando hablamos de una conciencia deformada. Aquí trataremos solamente algunos:

a. Las máscaras de la conciencia
Se da cuando se tira la toalla en la lucha por vivir en la verdad. Cuando el hombre consiente en una divergencia entre lo que es y lo que aparenta, entre la fachada social y la vida real, entonces le pone un antifaz a su conciencia. Aquí el problema es la falta de identidad.

b. Conciencia indelicada
Esta es la conciencia que admite pequeñas transgresiones al deber cotidiano y por falta de esfuerzo cumple sus deberes a medias. Vive una vida incompleta. Es necesario hacer ver a la conciencia la realidad de su situación. Tanto el bien que puede resultar de un mayor esfuerzo como el mal que se sigue de su negligencia.

c. Conciencia adormecida
Esta deformación se produce cuando la conciencia ya no responde a estímulos y no emite juicios acerca de la maldad o la bondad de los propios actos. Puede ser por tibieza espiritual, por irreflexión o por insinceridad. Se apaga toda vibración espiritual o anhelo de superación moral. Los que viven así excusan fácilmente su conducta con frases como: «Hay que tomar las cosas con calma», «no hay que ser exagerado o quisquilloso». En este estado, la conciencia no reacciona cuando percibe que se obra mal.

d. Conciencia domesticada
Es la conciencia recortada a una medida cómoda. Suaviza todo, sabe encontrar justificaciones para todas sus faltas. «Estoy muy cansado», «todos lo hacen», «es de sentido común».

e. Conciencia falsa
Es la conciencia que emite juicios falsos, es decir, juicios que no concuerdan con la norma objetiva de la ley. Esta conciencia llama bueno a lo que es malo. Puede o no ser culpable. En el segundo caso, la persona puede hacer un juicio moral equivocado y obrar de buena fe creyendo que obra bien. En ese caso no peca. No obstante, hay que afirmar que todo hombre tiene el derecho y la obligación moral de buscar la verdad, de adherirse a ella y de ordenar su vida según sus exigencias (cf. Dignitatis humanae, 2). Si la falta de conocimiento de la ley es querida en sí, entonces la persona es culpable. Como ejemplo, pueden servir los conductores que por una razón u otra nunca han aprendido bien las reglas de tráfico.

Hay otros tipos de deformaciones de conciencia de las que se puede hablar como la conciencia escrupulosa que exagera el papel de la ley hasta hacerla opresiva y angustiante o la conciencia laxa que deja pasar todo con excusas.

3. Cómo formar una conciencia recta

Hay algunos medios prácticos que ayudan al hombre a formar bien su conciencia y mantenerla siempre recta. Entre ellos se puede mencionar el examen de conciencia diario para analizar cómo se ha actuado frente a lo que es más importante en la vida: la opción por Dios. Tomarse unos momentos para ver cómo se está llevando a la práctica lo que se cree. Hecho de una manera consciente y práctica es un medio muy útil.

El sacramento de la reconciliación, la dirección espiritual, son medios imprescindibles para formar bien la conciencia. La actitud fundamental que hace valorar todos estos medios es la de la vigilancia y sinceridad para reconocer si uno está viviendo rectamente o si está consintiendo en la propia vida cosas ajenas a su opción fundamental.

Después de las ayudas prácticas, es importante también conocer el proceso de un acto moral para saber dirigir bien la formación de la conciencia. Se puede hablar de tres operaciones o fases en la formación de la conciencia:

  • La primera, que precede a la acción, es percibir el bien como algo que debe hacerse y el mal como algo que debe ser evitado. Éste es el momento de ver: «Esto es bueno hay que hacerlo» o «no, esto no está bien, debo evitarlo».
  • La segunda fase es la fuerza que lleva a la acción, impele a hacer el bien y evitar el mal. Se expresa cuando decimos: «Hago el bien» o «no, esto no lo hago».
  • Por último la operación subsiguiente a la acción, el emitir juicios sobre la bondad o maldad de lo hecho. En esta etapa nos decimos: «He obrado bien» o «he hecho algo malo». 

En el primer paso lo importante es abrir la conciencia a la ley como norma objetiva. Es decir, educar una conciencia recta que sabe dónde va y qué es la verdad. Esto lleva al segundo paso que requiere trabajo para que la conciencia sea guía de la voluntad. Se trata de habituarse a la «coherencia», entendida como la constancia en actuar como pide la conciencia. No basta percibir que algo es bueno o malo, hay que saber dirigir la voluntad a hacer lo bueno y evitar lo que no se debe hacer. Percibir que es bueno ser paciente y amable con los demás es bueno, pero es insuficiente; esta percepción debe llevarme a acoger a los demás con bondad y delicadeza aun cuando me sienta cansado o de mal humor.

Esto requiere un trabajo de formación especialmente en el campo de la voluntad y de los estados de ánimo. Los estados de ánimo tienen que ser educados para lograr en la persona una ecuanimidad que le lleve a realizar lo que le pide la conciencia en cualquier circunstancia. Además, la voluntad tiene que ser formada para que sea eficaz, es decir, para que logre lo que pretende.

Por último, y todavía más importante, viene el juicio ulterior sobre lo hecho. Aquí es donde se juega de modo definitivo la formación o deformación de la conciencia. El que ha obrado mal y toma las medidas necesarias para reparar su falta y para pedir perdón ha dado un paso firme en la formación de su conciencia, mientras que el que la acalla, no prestándole atención, puede llegar a dañarla hasta que un día quizá sea incapaz de reaccionar ante el bien y el mal.

En conclusión

Podemos decir que la brújula más segura en todo este campo moral es la adhesión fiel a la voluntad de Dios, compendio supremo de la ley natural y la ley revelada. La coherencia ante ella es el camino de la madurez y de la felicidad que brota de una recta conciencia que vive en paz con Dios y consigo misma.

Los estados de ánimo son elementos connaturales a todo ser humano y se manifiestan en el hombre espontáneamente por motivos diversos (humanos, físicos, psíquicos, espirituales…).

Lo importante es no dejarse abatir por ellos; lo necesario es controlarlos y no dejar que se adueñen de las facultades superiores; lo urgente es no permitir la anarquía interna o la creación de estados habituales de sentimentalismo.

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