"El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido" (cfr. Mt 13, 44-52)

Homilía del Domingo 27 de julio
17° Domingo Ordinario, Ciclo A

de Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo Auxiliar de Puebla y Secretario General de la CEM

Hoy se habla mucho de inversiones; se dice que el éxito está en saber vender y comprar lo correcto y a tiempo. Pero la mayor inversión es sin duda la sabiduría[2], con la que se puede conocer y obtener la verdadera riqueza. Esa sabiduría ha venido a nosotros en Jesús, que nos aconseja en qué invertir: en la plena y eterna felicidad, que es el Reino de los Cielos, al que todos estamos llamados[3].

Para hacer esta inversión necesitamos seguir las indicaciones que Dios nos da a través de sus Mandamientos[4], en los que nos enseña que para alcanzar lo más y mejor debemos sacrificar “algunas cosas de la tierra”[5], como explica san Hilario, conscientes de aquello que decía Cervantes: “Los cristianos… más deben atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna… que a la vanidad… la cual… por mucho que dure… se ha de acabar con el mismo mundo”[6].

¿Qué es lo que debemos sacrificar para alcanzar la eternidad? lo que nos daña a nosotros y a los demás: el egoísmo, la soberbia y la envidia, que nos degradan y nos llevan a utilizar a la gente; la avaricia y la ira, que nos hacen corruptos e injustos; la pereza y la lujuria, que nos encarcelan en el placer, la manipulación y la mediocridad.

También en ocasiones habrá que sacrificar cosas buenas, como la comodidad, algo que compraríamos o una actividad que haríamos por gusto, a fin de dedicar tiempo o dinero a servir a la familia o a una persona necesitada. A cambio obtendremos el rédito de una vida libre, plena y eternamente feliz, amando a Dios y al prójimo. Ojalá comprendiéndolo, hagamos la mejor de las  inversiones: el amor.

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