¡El Señor te llama, puedes responder ahora!

de Enrique Díaz Díaz .
Obispo Coadjutor de San Cristóbal de las Casas .
 CEM.

San Bernardo

Ezequiel 34, 1-11: “Les arrancaré mis ovejas de la boca y no se las volverán a comer”
Salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me faltará”
San Mateo 20, 1-16: “¿Vas tenerme rencor porque yo soy bueno?”

¿No es desconcertante esta parábola para nuestra mentalidad? Claro que sí. Cuando se mira a la persona simplemente como factor de producción y no se tiene en cuenta sus sentimientos, sus necesidades, sus circunstancias, esta parábola no tiene ningún sentido. Productivamente no es aceptable recompensar con un salario completo a quien ha trabajado solamente unas cuantas horas. Y resulta peor si nosotros somos los que hemos trabajado todo el día y nos comparamos con quienes han estado unos momentos nada más en el centro de trabajo.

Cuando la producción y el negocio son prioridad, cuando las estructuras económicas dictan las leyes tenemos migrantes que mueren de hambre, personas mayores que no encuentran trabajo ni pensión, ancianos abandonados a su suerte y millones de pobres que son mirados como carga y como excedentes en este mundo materializado. Todo se subordinada al dios dinero, se le ofrecen en sacrificio personas, naturaleza y corazones. Pero en el Reino de los Cielos es muy diferente: no importa tanto la producción cuanto las personas; no se mide conforme a las máquinas, sino conforme al corazón. Y entonces todo cambia, y entonces los mismos que han trabajado todo el día tienen el entusiasmo y la alegría de hacer partícipes a los demás de lo que han logrado y entienden que compartir da alegría. Si no nos estamos comparando con los demás, si aceptamos los dones que el Señor les ha dado, si nos alegramos con los éxitos de los hermanos, encontraremos verdadera armonía interior.

El resentimiento por la bondad de otros, la comparación con los demás, o trae frustración y complejos, o trae orgullos y vanidades. El regalo de la vida que el Señor nos ha dado, lo podemos disfrutar a plenitud y si lo compartimos, crece más. Así es nuestro Dios: siempre da, siempre va en busca de todos, llama a todos hasta la última hora. ¿No estamos participando en la construcción del Reino y de la mesa común? ¡El Señor te llama, puedes responder ahora! ¿Ya estamos participando? ¡No cierres las puertas a los hermanos! La alegría es plena cuando se comparte.

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