Homilía en la Santa Misa, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, para pedir por la paz en Iraq

de Eugenio Andrés Lira Rugarcía .
Obispo Auxiliar de Puebla y Secretario General de la CEM.

HOMILÍA EN LA SANTA MISA PARA PEDIR POR LA PAZ EN IRAQ
S.E. Monseñor Eugenio Lira Rugarcía
Obispo Auxiliar de Puebla y Secretario General de la CEM
Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, 12 de agosto de 2014

Excelentísimo Señor Rogelio Cabrera López, Arzobispo de Monterrey.
Excelentísimo Señor Jorge Cavazos Arizpe, Obispo Auxiliar de Monterrey.
Ilustrísimos Señores Canónigos de esta Insigne y Nacional Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.
Monseñor Dagoberto Campos Salas, Consejero de la Nunciatura Apostólica en México.
Reverendos padres. Señores diáconos.
Miembros de la Vida Consagrada. Hermanas y hermanos todos.

A nombre del Eminentísimo Señor Cardenal José Francisco Robles Ortega, Arzobispo de Guadalajara y Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, agradezco su generosa respuesta a la invitación formulada por el Consejo de Presidencia del Episcopado de México a unirnos en oración para suplicar a Dios el don de la paz, como lo ha pedido el Santo Padre.

Como discípulos misioneros de Cristo, que dando su vida para salvarnos revela que Dios ama a todos, especialmente a los más débiles, vulnerables y necesitados, hoy venimos a poner en sus manos, a través de su Madre Santísima, a tantos hermanos y hermanas, especialmente de las comunidades cristianas, que están siendo víctimas de la violencia en Iraq.

“Nuestros hermanos –ha exclamado con dolor el Papa– son perseguidos, son echados ¡deben dejar sus casas sin tener la posibilidad de llevarse nada!”[1]. “Miles de personas, entre las cuales hay tantos cristianos, expulsados de sus casas brutalmente; niños muertos de sed y hambre durante la fuga; mujeres secuestradas; violencia de todo tipo; destrucción de patrimonios religiosos, históricos y culturales”[2].

Ante este terrible drama, que no puede dejarnos indiferentes, el Santo Padre nos invita a unirnos a sus oraciones “por los cristianos iraquíes y por todas las comunidades perseguidas”[3]. ¡Por eso estamos aquí! Hemos llegado a esta casita del Tepeyac a suplicar la intercesión de la Virgen Morenita, que nos repite aquellas consoladoras palabras que dijo a san Juan Diego: “No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”[4].

Ella nos conduce a su divino Hijo, que nos enseña quién es realmente grande en el Reino de los Cielos: “quien se haga pequeño como un niño” (cfr. Mt 18,1-5), es decir, aquel que, imitando al Hijo de Dios que se ha hecho solidario con nosotros, se acerca a quien es débil, vulnerable y pobre para rescatarlo, promoverlo y defenderlo. Porque “no es voluntad de nuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños”.

Escuchemos lo que nos dice el Señor. Sólo Él puede satisfacer nuestra hambre de vida verdadera, de vida plena, de vida eterna, como lo experimentó el profeta Ezequiel (cfr. Ez 2,8-10). Sus palabras hacen nuestras delicias (cfr. Sal 119); nos muestran el camino de una vida digna y de un auténtico desarrollo integral, del cual nadie ¡absolutamente nadie! quede excluido.

Por eso, el Papa ha recordado: “La tarea evangelizadora implica y exige una promoción integral de cada ser humano… Una auténtica fe siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo… Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita… La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Todos… están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor”[5].

Con esta convicción y compromiso, hoy también queremos rogar a Dios por quienes sufren las consecuencias de una guerra absurda en la Franja de Gaza y en Ucrania. Por los enfermos de ébola en África. Por los niños y adolescentes que han migrado desde Centroamérica y México hacia los Estados Unidos y que ahora se encuentran detenidos en espera de ser deportados, a quienes los obispos de México, Estados Unidos, El Salvador, Guatemala y Honduras hemos manifestado nuestra oración, solidaridad y compromiso[6] ¡Y cómo no elevar también nuestra súplica al Padre celestial por las víctimas de la inequidad, la pobreza, la corrupción, la impunidad y la violencia en México!

Pidamos a Dios que nos conceda un corazón sin malicia, como el de un niño ¡Así es Jesús! quien se nos revela “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Con Él y como Él, como aconseja san Hilario, procuremos ser más considerados con los demás; abstengámonos de maldades; hagamos el bien; desterremos el mal; amemos a todos; no odiemos a nadie; busquemos lo eterno; no hagamos a otro lo que no se quiere para sí[7].

Comprometiéndonos a vivir de esta manera, unidos al Vicario de Cristo, “roguemos juntos al Dios de la paz, por intercesión de la Virgen María: da la paz, Señor, a nuestros días y conviértenos en artífices de justicia y de paz. María, Reina de la paz, ruega por nosotros”[8]. Amén.

[1] Ángelus, 20 de julio 2014.
[2] Angelus, 10 de agosto de 2014.
[3] @pontifex 8 de agosto 2014.
[4] VALERIANO Antonio, “Nican Mopohua”, traducción del náhuatl al castellano del P. Mario Rojas Sánchez, Ed. Fundación La Peregrinación, México 1998.
[5] Evangelii gaudium, 182-184.
[6] Cfr. Declaración conjunta, 10 de julio de 2014.
[7] cfr. In Matthaeum, 11.

[8] Ángelus 10 de agosto 2014.

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