Homilía: "Mándame ir a ti, caminando sobre el agua" (cfr. Mt 14, 22-23)

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Mons. Eugenio Lira Rugarcía, CEM.

La noche del 14 de abril de 1912, el “Titanic” se hundía en las heladas aguas del Atlántico norte. De sus 2,227 pasajeros, sólo 705 sobrevivieron. Al imaginar aquellas horas de angustia, pienso: ¿qué significaba para esas personas un trozo de madera? ¡Todo! La diferencia entre hundirse para siempre en las oscuras y frías aguas, o permanecer a flote con la esperanza de sobrevivir.

En el naufragio de este mundo caduco, Dios nos ofrece el madero de la fe, que nos une a Él. Y quien cree, sabe que, como decía Joseph Ratzinger: “al fin y al cabo, ése madero es más fuerte que la nada”[1].

Así lo entendió Pedro. Por eso, mientras los otros discípulos, dejándose ofuscar por el miedo al sentir su barca sacudida por las olas, daban gritos de terror al ver a Jesús que venía hacia ellos, confundiéndolo en la oscuridad con un “fantasma”, él con fe dijo al Señor: “Si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”.

Quizá también la barca de nuestra vida esté siendo agitada por las crisis, enfermedades, problemas en casa, el noviazgo, la escuela, el trabajo o la sociedad, amenazando con hundir en las oscuras aguas de la soledad, la infidelidad, la injusticia, la inequidad, el sinsentido, las adicciones, el bulliyng y la violencia nuestra vida personal, matrimonial, familiar y social. Sin embargo, Jesús no nos abandona; se acerca a nosotros para darnos su paz y su dicha[2].

¿Nos dejaremos confundir por los que quieren hacernos creer que es un “fantasma”; una ilusión poco práctica y aburrida que espanta la diversión y la alegría? Con Pedro reconozcamos que sólo Él, que viene a nosotros, no con estruendos, sino con la delicadeza de una suave y eficaz brisa, como hizo con el profeta Isaías[3], puede hacernos avanzar con el poder del amor, pasando por encima de aquellos problemas y tentaciones que amenazan hundirnos ¡Sólo el amor es capaz de hacernos superar los problemas personales, matrimoniales, familiares y sociales!

Y si luego de habernos decidido a seguirle, espantados por los vientos de las dudas, las críticas, las tentaciones y los problemas, comenzamos a hundirnos, digámosle confiadamente: “¡Sálvame, Señor!”. “Pedro –comenta san Agustín– puso… su esperanza en el Señor y todo lo pudo por el Señor. Como hombre tuvo miedo, pero se volvió al Señor… ¿Y podía acaso el Señor abandonar al que zozobraba, oyendo sus súplicas?”[4].

“Cuando todo se derrumba alrededor de nosotros, y tal vez también dentro de nosotros –decía san Juan Pablo II–, Cristo sigue siendo nuestro apoyo indefectible”[5]. Con esta convicción, como san Pablo, hagamos todo para llevar a todos a Cristo[6], el único que puede ayudarnos a superar los problemas y mostrarnos el camino de un auténtico progreso que no excluya a nadie.

“La tarea evangelizadora –recuerda el Papa Francisco– implica y exige una promoción integral de cada ser humano”[7]. Actuando así, amainarán los vientos contrarios de la injusticia y la violencia, y alcanzaremos la paz de una vida plena y eternamente feliz.

[1] Introducción al cristianismo, Ed. Sígueme, Salamanca, 2001, p. 43.
[2] Cfr. Sal 84.
[3] Cfr. 1ª Lectura: I Re 19,9.11-13.
[4] Sermones, 76,8
[5] Memoria e Identidad, Ed. Planeta, México, 2005, p. 170.
[6] Cfr. 2ª Lectura: Rm 9,1-5.
[7] Evangelii Gaudium ,182.

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