Hoy celebramos la fiesta de la dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor

 de Eugenio Andrés Lira Rugarcía.
Obispo Auxiliar de Puebla y Secretario General de la CEM.

Una tradición cuenta que a mediados del siglo quinto un matrimonio anciano que no tenía hijos y era caritativo pidió la intersección de la Madre de Dios para saber qué hacer con sus riquezas. En sueños, la Virgen María les dijo que les daría una señal para indicarles dónde se habría de construir un templo dedicado en su honor.

Al despertar, los ancianos supieron que esa mañana, 5 de agosto de 350, el montes Esquilino había amanecido nevado, cosa que no sucede a principios de agosto. Comprendieron entonces que este hecho milagroso era la señal anunciada y hablaron con el Papa Liberio, quien decidió construir un templo en honor a Santa María.

Después del Concilio de Éfeso, celebrado en el 431, en el que María fue proclamada «Madre de Dios», el Papa Sixto III mandó construir una nueva basílica en lugar de la primera, que ya estaba en ruinas. En ella se venera a la virgen María bajo la vocación de salvadora del pueblo romano.
Los templos materiales representan la presencia de Dios entre nosotros. Nos recuerdan que somos piedras vivas del cuerpo de Cristo,
quien nos edifica y nos pide edificar con Él a la Iglesia. Y son signo de la Casa Eterna en la que el Padre nos espera para hacernos felices por siempre.
Tengamos presente que en esta peregrinación terrena, la Madre de Dios nos acompaña, intercediendo por nosotros y dándonos el gran consejo que dio en Caná: «Hagan lo que Él, mi Hijo Jesús, les diga».

 

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