Santos Mexicanos: San Atilano Cruz Alvarado

Según la Arquidiócesis de Puebla:

San Atilano Cruz AlvaradoNació en el municipio de Teocaltiche, Jalisco, el 5 de octubre de 1901. De muy humilde origen, durante su infancia se empleó como pastor. Gracias a su tenacidad alcanzó de sus padres autorización para estudiar en el colegio de los Dolores y en el seminario auxiliar de Teocaltiche, Jalisco.

Al concluir los estudios elementales, ingresó al Seminario conciliar de Guadalajara. Sus cualidades humanas, su índole noble y paciente, le granjearon la estima de sus condiscípulos. Fue alumno del plantel levítico durante lo más álgido de la persecución religiosa y aceptó ser clérigo cuando este servicio se consideraba un crimen. Recibió la ordenación presbiteral el 24 de julio de 1927, en un lugar de la Barranca de San Cristóbal, refugio del arzobispo, don Francisco Orozco y Jiménez, quien lo nombró en el acto vicario parroquial de Cuquío.

Ejerció su ministerio en las peores circunstancias sin desfallecer, antes bien, se acreditó por su solicitud, obediencia y piedad. Fueron once meses de vivir a salto de mata. El 29 de junio de 1928, atendiendo un llamado de su párroco, llegó al rancho Las Cruces, para acordar, ése y el siguiente día, asuntos tocantes a la atención pastoral.

La madrugada del día 1º de julio, mientras descansaban en la misma habitación los dos sacerdotes y un hermano del párroco, la casa fue tomada por un grupo de soldados del ejército federal, guiados por el presidente municipal de Cuquío, José Ayala y Gregorio González Gallo. El padre Justino Orona fue acribillado a tiros al abrir la puerta, mientras exclamaba: ¡Viva Cristo Rey!; acto continuo, los verdugos completaron su obra disparando sobre los indefensos Atilano Cruz y José María Orona, que murieron en el acto.

Los cadáveres de las víctimas fueron ultrajados antes de su traslado a la plaza de Cuquío, para exhibirlos como sangriento trofeo. Sus restos se conservan en la iglesia parroquial de ese lugar.


Según la Arquidiócesis de Jalisco:

Nació en Teocaltiche, Jal. el 05 de octubre de 1901
Murió en Las Cruces, Jal. el 01 de julio de 1928
Sus restos se encuentran en Cuquío, Jal.

Inició su vida clerical durante los peores años de la persecución religiosa y pese a ello, se mantuvo firme en su convicción de ser sacerdote, por lo que recibió la Orden Presbiteral de manos de su obispo, don Francisco Orozco y Jiménez, en algún lugar de la Barranca de San Cristóbal, el 24 de julio de 1927.

Nació en Ahuetita de Abajo, aldea de Teocaltiche, Jalisco, el 5 de octubre de 1901. Sus padres, José Isabel Cruz y Máxima Alvarado, conformaban una familia cristiana, pero de una precaria situación económica, por lo que durante su infancia se ocupó de cuidar ganado. Después de mucho insistir, obtuvo el permiso de sus padres para cursar la instrucción primaria en el Colegio llamado de Los Dolores, en Teocaltiche.

En 1917 ingresó a la preceptoría del Seminario, el 11 de noviembre de 1920 se inscribió en la casa central del restaurado Seminario de Guadalajara, mismo que subsistió hasta el mes de diciembre de 1924. En esa fecha, el gobernador José Guadalupe Zuno decretó la supresión de la casa formativa.

Los superiores del plantel trasladaron los grupos de Teología a las barrancas, a fin de que se continuaran los estudios.

A partir de la suspensión del culto público, el 1º de agosto de 1926, pertenecer al estado clerical llegó a convertirse en sinónimo de proscripción. El 11 de enero de 1927, el gobernador de Jalisco giró una circular telegráfica confidencial a los presidentes municipales, en cuya parte final ordena; “… sírvase asimismo aprehender desde luego a todos los sacerdotes católicos esa compresión de su mando y remitirlos esta Capital, disposición Ejecutivo”.

Desde entonces fueron asesinados algunos sacerdotes por su condición de ministros del culto. Tales antecedentes, lejos de amedrentar a Atilano, lo decidieron a afrontar con valor los riesgos.

Su vida fue muy breve, vivió sólo 27 años, de los cuales sólo uno fue sacerdote, por lo que sólo tuvo un único nombramiento, como Vicario Cooperador de la Parroquia de Cuquío, , a donde llegó en el mes de septiembre de 1927, luego de haber sido ordenado sacerdote.

Ejercitó su ministerio en calidad de fugitivo: administrando los Sacramentos a salto de mata en los ranchos que el párroco le indicaba; a fin de sortear los peligros, vestía el humilde atuendo de los campesinos, calzón blanco, huaraches y sombrero de falda ancha.

Entonces el municipio de Cuquío se encontraba bajo la férula de José Ayala, personaje de poca solvencia moral, quien atribuyéndose facultades amplísimas que desbordaban su autoridad, puso precio a la vida de los sacerdotes que atendían Cuquío, les tendió un cerco y supo de su paradero gracias a la indiscreción de Simplicio Gómez.

Con un grupo de soldados que exigió al teniente coronel Heredia, sitió la casa de Ponciano Jiménez, en Las Cruces y una vez que evacuaron a los laicos, Ayala en persona arremetió contra el acceso al aposento ocupado por los huéspedes; abrió la puerta el señor Cura Corona, quien fue acribillado. Consumado el crimen, los verdugos ingresaron a la habitación y a quemarropa, asesinaron al padre Atilano Cruz y a José María orona, hermano del párroco.

Los tres cadáveres fueron arrastrados al patio de la vivienda, donde los exaltados Vega y Ayala los patearon y les endilgaron toda suerte de expresiones vulgares y soeces.

Para que la muerte de los sacerdotes sirviera de escarmiento a los católicos de Cuquío, los cadáveres fueron expuestos frente al templo parroquial. Una muchedumbre conmovida, dando rienda suelta a su pena, cercó las víctimas; al enterarse, José Ayala mandó arrestar a algunos de ellos. El sepelio tuvo lugar la tarde de ese mismo día, en medio de múltiples muestras de consternación.

El duelo por la muerte de los mártires fue general. Los lugareños alcanzaron la certeza moral de que los mártires fueron sacrificados por su fe. Sus restos se veneran en la iglesia parroquial de Cuquío y su memoria sigue viva en esa comunidad.

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