Abuelitos Jóvenes

Vivir es llenar de vida los años, los días, los segundos.

Los sociólogos de nuestros días distinguen ya entre “ancianos jóvenes” y “ancianos más ancianos”, entre tercera y cuarta edad. Y siguen buscando palabras y términos intrincados para definir y caracterizar un hecho real: el número de abuelos y de abuelas en el planeta tierra abarca una tercera parte de la población mundial.

Para muchos atravesar la puerta de los sesenta, de los setenta se presenta como un trauma o una enfermedad irreversible. Pero no es así. Si la vida es un regalo de Dios, siempre y en cualquier lugar será bella, digna y emocionante.

Desde niño me he acostumbrado a ver la vida como el sucederse de las horas de un día o el correr de las estaciones. ¿Cuál es la mejor? ¿Qué estación supera a las otras? Es difícil responder, porque cada una encierra su encanto. No podemos detener el sol y quedarnos con los albores del amanecer. El sol del atardecer es tan importante y necesario como el de mediodía. La primavera hace germinar las rosas, pero del otoño nace la vendimia.

La vida no es un momento muerto, una experiencia congelada. Hora tras hora se suceden, estación tras estación siguen su curso irreversible. El secreto está en aprovechar y sacar el mejor partido de cada instante. El día tiene 24 horas, pero también mil bolsillos que llenar.

Dirijo estas líneas a los mayores, a los que viven el atardecer, el embrujo del otoño. Y los contemplo y los trato con emoción. Porque me ilusiona compartir experiencias con esos grandes de la vida que han llenado sus alforjas con tantas vivencias. El paso de los años los suaviza, los hace más comprensivos. De ellos he aprendido que vivir es crecer, que cada persona prepara durante toda su vida la propia manera de vivir la vejez. En cierto sentido, la vejez crece con nosotros. Y de nosotros depende darle calidad o degradarla. ¡Cuánto aprendo de nuestros mayores! ¡Cómo envidio su visión más llena y completa de lo esencial en la vida! La edad es una tarea.

Recuerdo un gracioso dibujo. Creo que lo vi en un calendario. No recuerdo la firma. Tampoco importa mucho. Está pintado un hombre bastante mayor. No me atrevería a darle una edad. Sentado en una mesa, escribe y firma papeles. A un lado de él aparece un pequeño bloque de hojas que llevan por título: memorias. A su izquierda, un enorme bloque de pliegos con un cartelito: proyectos.

¡Qué verdad tan grande! El hombre comienza a envejecer cuando sus recuerdos son mayores que sus proyectos. El día en que el reloj se para y corren las agujas hacia atrás se muere. En ese momento se tira la vida. En ese instante se firma la sentencia de muerte.

La edad es una tarea. Se lo escuché a Juan Pablo II. En cierta ocasión le vi saludar con mucho cariño a unos ancianitos. Se les acercaba, les escuchaba, sonreía,… Al final, les dirigió unas palabras: “Todavía tenéis una misión que cumplir, una aportación que dar”, el Papa vive su edad con gran naturalidad. Lejos de ocultarla, la pone a los ojos y al servicio de todos. ¿Quién no le ha visto bromear con su bastón? Prosigue los viajes apostólicos por todos los continentes, en todas las estaciones. Se diría que ahora su palabra arrebata más corazones.En su Carta a los Ancianos demuestra el gran cariño y aprecio que les tiene.

Estoy convencido: vivir es más que añadir días o sumar momentos. Vivir es llenar de vida los años, los días, los segundos. No hay peor vejez que la que uno mismo se impone. ¡Señor, ayudame a envejecer así!

La presencia de tantas personas mayores de edad es un don, una riqueza. No todos llegan a esas edades. Aprendamos de estos atletas de la vida.

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