Reformas en México, nuestra tardía reacción

Llevaban décadas con solo una certeza en el alma: nada pasa en México. Pero, fueron aprobadas y muchos, incluidos los propios partidos políticos, aún no saben cómo fue que sucedió.

Reformas, nuestra tardía reacción

Era de esperarse tal candidez. La mayoría de los sectores sociales en México dudaron legítimamente que las ansiadas reformas estructurales, promovidas desde el presidente de la República, llegaran a prosperar. Llevaban décadas con solo una certeza en el alma: nada pasa en México. Pero, fueron aprobadas y muchos, incluidos los propios partidos políticos, aún no saben cómo fue que sucedió. Queda claro que el Pacto por México y la peculiar operación política, tuvieron que ver en algo; pero las representaciones sociales se mantuvieron al margen de todo aquello y en el momento de reconocerse víctimas de las consecuencias parece ser muy tarde para pedir justicia y, en cambio, ahora piden clemencia.

Hoy, los nuevos parámetros legales que conforman reformas y misceláneas en materia fiscal, energética, telecomunicaciones, laboral, política y educativa entran en vigor paulatina e inexorablemente. Antes de ser aprobadas nadie pudo opinar ni expresar duda alguna porque nadie estaba a la altura  en la especialización de los temas. Sé de varios medios de comunicación que preferían no dar voz a ningún académico o especialista porque nadie era ‘suficientemente experto’ en el tema y tan solo difundieron lo que las instituciones políticas aportaban, lo que el erario podía solventar.

Así sucedió con la reforma política, con la creación de un nuevo organismo electoral y la modificación de algunas reglas en el proceso. Fue mucho tiempo después de ser aprobada cuando se supo que tan solo actualizar las credenciales para votar costará 870 millones de pesos a los contribuyentes. No sería raro suponer que el único beneficiario de tal reforma sea el proveedor de los plásticos y la papelería del flamante Instituto Nacional Electoral. Aunque esto es un ejemplo apenas, así ha sido con las otras reformas: fueron aprobadas bajo la mirada displicente de grupos, líderes y organismos sociales, pero en el momento de sentirse vulnerados por las nuevas disposiciones, quizá sienten que vendieron muy barato su silencio cómplice.

Todo parece indicar que ha terminado el tiempo para la negociación, y que  ha iniciado el de las ofrendas y los tributos. Y la historia de nuestro país nos ayuda a comprender.

En La prensa y los poderes, Carlos Monsiváis relata el proceso de ‘institucionalización’ de la Revolución mexicana bajo los regímenes de Manuel Ávila Camacho y Miguel Alemán (1940-1952): “el sometimiento colectivo fluye hacia la meta ideal, el progreso, lo que se llamará después la modernización. Son notorias las ventajas de promover ‘la amnesia histórica’, aquella en donde solo los directamente afectados perciben las represiones. La fórmula es segura: si no hay información, se evapora el hecho represivo”. También apunta que fueron precisamente los medios (la prensa escrita) los que fueron utilizados por el recién instaurado presidencialismo para desarmar ideológicamente a la oposición y hasta el propio partido en el poder: “la prensa ‘viste’ a la República pero no dialoga con el poder, es a lo más un ‘coro griego’”.

El país pasó del caudillismo revolucionario al presidencialismo institucionalizado, nació la expresión ‘señor-presidente’ como anáfora en cada discurso y metonimia de suprema autoridad. Para sobrevivir a tal idealización del poder, el único camino fue el sometimiento colectivo.

Solo así se comprende un texto como el publicado por Guillermo Ibarra, director del diario El Nacional el 7 de junio de 1950: “Miguel Alemán –conductor de nuestros destinos, en esta etapa de la Revolución Mexicana- está ya en la historia de México como un auténtico sembrador de caminos. Y lo hemos visto a través de los caminos del Sureste, reafirmándose en la voluntad popular gracias a la indiscutible calidad humana que resalta en cada uno de sus actos, en todos sus gestos y en su sonrisa ancha, como un ejido abierto a todos los vientos de la patria”.

Tal vez la única diferencia entre aquello y lo expresado esta semana por Lilly Téllez (“Pero, señor-presidente, ¿cómo fue usted tan pero tan valiente para lograr esto?”) en el programa Conversaciones a fondo donde seis periodistas entrevistaron a Enrique Peña Nieto sea la cualidad poética. No es la única, los conductores de un programa de televisión le transmiten “la preguntas que el público tiene sobre las reformas” al mandatario pero cada vez que toman la palabra dicen: señor-presidente, señor-presidente, señor-presidente.

Terminó la negociación, se ha roto el equilibrio. La inconmensurable construcción idealizada del poder no acepta diálogo, recibe ofrendas y súplicas. Cuando fue el tiempo de debate algunos supusieron que las reformas no los alcanzarían, no serían afectados en sus privilegios, que –para variar- solo se haría la ley en la yunta de los compadres. Por ello, mucho tiempo después, cuando los tentáculos de las reformas alcanzaron sus huertos privados, algunos se mostraron sorprendidos, ahora piden comprensión y prórrogas. Según la fortaleza de su autopercepción, carraspearán molestas, mirarán amenazantes al poder erigido, pero nada pueden hacer sólo cederán cuando se reinstale un nuevo privilegio en su beneficio.

Monsiváis concluye con una reflexión que quizá pueda ser ahora oportuna: “Todo [la modernización, la institucionalización] ocurre entre el diluvio de homenajes: ‘Señor Licenciado, el país vuelve a nacer gracias a usted’. Por lo común, las críticas en la prensa son inaudibles o son reprimidas, y en televisión son inexistentes. Y no importa que el presidencialismo omnímodo sea un mito y que el límite del poder máximo sean los otros poderes máximos. Lo básico es la sujeción psicológica de la mayoría, convencida de que una persona, el Presidente, decide lo de todos, y ‘sólo él sabe la magnitud de los problemas’. La prensa algo conoce de lo que sucede, pero eso es nada más enterarse de un fragmento, ya que la única sabiduría totalizadora es la del poder supremo”.

Por Felipe de J. Monroy, Director Vida Nueva México

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