San Maximiliano María Kolbe y el triunfo del amor

de Eugenio Andrés Lira Rugarcía.
Obispo Auxiliar de Puebla y Secretario General de la CEM.

A veces, cuando enfrentamos situaciones difíciles, podemos pensar que Dios nos ha abandonado; que no es posible seguir adelante, ni amar a los que nos rodean. Sin embargo, a lo largo de los siglos, grandes hombres y mujeres nos han demostrado que sí es posible. Uno de ellos fue San Maximiliano María Kolbe, cuya memoria celebramos hoy.

San Maximiliano nació en Polonia en 1894. Sintiendo la llamada de Dios, ingresó a la Orden franciscana. Ordenado sacerdote, se propuso renovar cada cosa en Cristo a través de la Virgen, para lo cual fundó la Milicia de María Inmaculada, a la que cada día se unían decenas de fieles de diversos países.

Para difundir la devoción a la Madre de Dios, el P. Kolbe creó la revista “El Caballero de la Inmaculada” y construyó, cerca de Varsovia, un Convento llamado Niepokalanów, “Ciudad de la Inmaculada”, donde, siguiendo la Regla de San Francisco, se daba importancia primordial a la oración, al testimonio de vida evangélica y al trabajo apostólico, a través de los medios de comunicación. Pronto, Niepokalanów se convirtió en un importante y fecundo centro al que llegaban numerosos aspirantes a la vida franciscana.

El P. Kolbe viajó a Nagasaki, donde publicó en japonés “El Caballero de la Inmaculada” y estableció un Convento-ciudad. Anhelaba fundar otras ciudades de la Inmaculada en el mundo, pero tuvo que regresar a Polonia para retomar la guía de Niepokalanów, donde cerca de 800 hermanos estaban entregados a la redacción, impresión y difusión de libros y periódicos, como “El Caballero de la Inmaculada”, que llegó a un millón de ejemplares, favoreciendo en sus lectores un desarrollo humano y cristiano.

Todo iba muy bien, hasta que en 1939 Hitler invadió Polonia, iniciando una época de represión y persecución, a lo que el P. Kolbe reaccionó recibiendo en Niepokalanów a los perseguidos. La policía nazi detuvo al P. Kolbe y lo envió a un campo de concentración en Alemania. Luego de liberarlo, volvió a detenerlo al considerar su labor apostólica como un freno a la inhumana ideología nazi.

Transferido Auschwitz, el P. Kolbe permaneció fiel al amor a Dios y al prójimo, llegando incluso a ofrecerse a cambio de un prisionero que había sido elegido al azar para morir de hambre y de sed. Cuando el comandante le interrogó por esta decisión, san Maximiliano respondió: “Soy sacerdote católico; soy anciano; quiero tomar su lugar, porque él tiene esposa e hijos”.

Un testigo (Bruno Borgowiec) comenta: “Después de haber ordenado a los pobres presos que se desnudaran… los empujaron en una celda… Desde ese día… no tuvieron ni alimentos ni bebidas… El P. Maximiliano se comportaba heroicamente… Daba animo a los demás”. Al término de la tercera semana, los nazis decidieron aplicarle una inyección letal. “El P. Kolbe, con la plegaria en los labios… Murió sentado en el piso… Su rostro lucia sereno y radiante”. Era el 14 de agosto de 1941.

Ojalá la intercesión y el ejemplo del P. Kolbe, proclamado santo por el Papa Juan Pablo II en 1981, nos estimule a enfrentar las contrariedades de la vida con fe, esperanza, amor, dignidad y valentía. Así, a pesar de las adversidades, saldremos adelante, haciendo nuestra vida plena y eterna.

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